jueves, 25 de junio de 2009

DÍAS DE GUARDAR


Hace una semana estuve en Mérida, la Ciudad Blanca. Disfruté una mañana fresca, llena de graznidos y cantos de aves que competían con el ruido del tráfico vehicular en el famoso Paseo de Montejo. Aunque la ciudad ha crecido en años recientes, fincada en un desarrollo urbano de trazo agringado, el reguero de casonas de arquitectura colonial imponente, blancas en su mayoría, le sigue dando a la ciudad ese aire tan propio y tan limpio. Comí en La Tradición, un restorán pequeño y cómodo con todas la delicias de la gastronomía yucateca y más. Una comida deliciosamente sazonada con la compañía y verbo de viejas y nuevas amistades. El día anterior habían decomisado en Progreso una carga de tiburones llenos de paquetes de cocaína proveniente de Costa Rica. La plática se centró inevitablemente en la situación de nuestras vidas en estos nuestros días y despotricamos en catársis, exorcizando demonios y conjurando días mejores.

Vivimos días de contrastes, de fuertes claroscuros. Días de ausencia total del arcoiris, esa formación luminosa espontánea y breve, fuente de leyendas y esperanzas de tesoros escondidos. Recuerdo la gran atención que convocaban en San Francisco las calcomanías de arcoiris puestas en los carros, eran en ese tiempo un símbolo de las uniones gay; el arcoiris como la posibilidad de lo negado, la posibilidad de una esperanza. Un espectáculo natural fascinante que en tiempos recientes nos ha sido vetado.

En estos momentos la vista se extravía entre el blanco y el negro. Es difícil distinguir las intenciones detrás de cada gesto, los blancos propósitos de la paz y la concordia se entintan junto a los oscuros medios para alcanzarlas. Pocas ocasiones como esta se hacen acompañar de la suspicacia vital que anega nuestro entorno. Los más sofisticados arreglos sociales alcanzados para propiciar una convivencia pacífica parecen estar en el total desarreglo. Se finca en el ánimo ciudadano la desconfianza y eso no presagia nada bueno.

Son tiempos de crisis que todo lo daña. Las imágenes diarias se enredan con lo que se dice de ellas y los que algo dicen no ven más allá de lo que imaginan. La propaganda electoral callejera es una colección de sonrisas congeladas en rostros desconocidos. En las esquinas se dan cita involuntaria y diaria los mendigos y los BMW descapotables. El jinete del desempleo cabalga en caballo de hacienda y los yuppies (young urban people) sueñan, en su infinito onanismo, con su casa de 4 millones en Bosques de las Lomas. La violencia –en cualquiera de sus expresiones- alcanza cualquier límite imaginable y los 47 niños calcinados en Hermosillo siguen siendo objeto del más deleznable botín político. La juventud universitaria permanece ajena, quizás impávida, a la vida cívica del país. Pocas piedras quedan sin alacranes debajo.

La paciencia debe ser la más cercana de nuestras amistades. Nada indica que los días se iluminarán en breve, más aún no se tiene idea de la extensión y profundidad de la crisis, que de económica se vuelve social día a día, no digamos política. Fuera de la propuesta de voto nulo, las elecciones del próximo 5 de julio no ofrecen perspectiva alguna. Los que analizan la cosa política han tornado acusación la intención de votar nulo, errando el blanco de sus críticas, no somos los ciudadanos los responsables de la democracia. Los partidos políticos deciden y sus proclamas resultan semillas en el asfalto, los nombres de sus candidatos se atiborran en el recuerdo: Obdulio, Raúl, Heriberto, Eugenio, Marta, son fantasmas que aguardan ser votados.

Resulta difícil expresarse enmedio del espeso ambiente diario. Pocas palabras tienen valor, tan pocas son que no se distinguen. Es momento de la amistad, de un legítimo sentimiento de confianza. Son días de guardar, de poner a salvo la conciencia y la razón. Si en la Ciudad Blanca los tiburones trasiegan cocaína, en el resto del país el verde olivo de los militares en las calles invita a refugiarse del vendabal.

Canto con Silvio: "Allá Dios que será divino, yo me muero como viví".

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